#Reconocimiento Un beso pesado

Un aniversario, un cuento. El Parque, una previa, una birra, Huracán, un partido, el falso chino de Caseros, una estatua. ¿Una historia de amor?
 

 

 

 

Todavía no había demasiado clima de previa. Faltaba poco más de una hora para el inicio del partido, por lo que el Palacio aún tenía una concurrencia mínima. Los hinchas, como cada partido, estaban agrupados en sus diferentes puntos de encuentro calentando las gargantas y tomando alguna que otra cerveza para entrar en ritmo. El falso chino de Caseros, el kiosquito de Luna, la sede y el parque. Todos ellos eran un buen escenario para arrancar. Sin embargo esta vez, él llegó tempranito y ya estaba ubicado en una de las butacas rojas de la platea Miravé.

 
Inevitablemente recibió el reclamo de sus amigos. Que cómo podía dejarlos en banda, que cómo iba a abandonar su lugar en la Bonavena. Y bueno, era predecible que eso pasara, pero se la tuvo que bancar. Era su oportunidad. El papá de ella, por primera vez desde que empezaron a conversar frecuentemente por WhatsApp, no podía asistir a la cancha, dejándola sin compañía. Y claro, como ella frecuentaba la platea,  decidió cambiar de lugar por este partido para acompañarla.

Estaba nervioso. Ella en verdad le gustaba mucho, pero no se animaba a pegar el salto. Ya hacía meses que venían charlando en un tono muy amigable, muy tranquilo. La había conocido en una de las tantas reuniones entre quemeros que se daban, sobre todo, cuando el Globo jugaba de visitante, y se reunían con amigos que tenían en común para mirar el partido y comer alguna que otra picadita.  Pero ahora, por primera vez, había quedado mano a mano frente al arco…


Por un momento creyó que no se animaría. Tenía miedo de quedar en offside, de que fuera una jugada peligrosa. Pero entonces, giró su cabeza hacia arriba y lo vio: él lo estaba observando fijamente, con su torso desnudo, su pelo duro y enmarañado, con sus brazos musculosos y su shorcito rojo. Allí estaba él, diciéndole “dale, no seas cagón hermano, anda para adelante. Baja la guardia, animate”. Y pensó “si éste se subía a un cuadrilátero para que le pegaran durante 10 o 12 rounds, ¿cómo yo no me voy a animar? “.


El problema es que esto era distinto. Con su timidez a flor de piel, prefería tener enfrente al mismísimo Muhammad Alí antes de decirle todo lo que sentía. Sacó la vista de la estatua, volvió a girar la cabeza, y allí se dio cuenta de que ella lo estaba mirando: su sonrisa se iluminaba con el último rayito de sol de la tarde, haciendo juego con esos ojos verdes que parecían infinitos. Su pelo largo y lacio ahora le tapaba parcialmente el Globo que tenía bordado en esa réplica blanca con vivos rojos de aquella hermosa camiseta Adidas estilo retro. Entonces fue ahí cuando no le importó que le sacaran hasta el banquito, se subió al ring y salió a ganar. Y el fallo fue unánime, sellado con un tierno beso correspondido.


Algunas banderas empezaron a colgarse en el alambrado  y los Coca-coleros ya se disponían a emprender su recorrido. Él volvió a girar su cuello hacia la estatua. Miró a Ringo, sentado eternamente en la Miravé, y le guiñó un ojo.

 

 

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